lunes, 19 de octubre de 2015

Descubirimiento de Puerto Rico

El Descubrimiento de Puerto Rico O b r a d i s e ñ a d a y c r e a d a p o r H é c t o r A. G a r c í a Segundo viaje de Colón: Descubrimiento de Puerto Rico Sintesis histórica de Puerto Rico - Repaso Historia Precolombina - Repaso Indios Tainos - Repaso Descubrimiento de Puerto Rico y Colonización - Repaso Examen General de Historia de Puerto Rico - Examen General Historia de Puerto Rico Todos los temas Galeria de imagenes del Descubrimiento Ir a nuestra página principal Trabajo realizado por: Héctor A. García / Director y creador del Proyecto Salón Hogar 19 de noviembre de 1493 Siguiente página >>>>> Los Reyes Católicos se sienten muy entusiasmados con los resultados del primer viaje de Colón, y lo autorizan para preparar una nueva expedición y emprender el segundo viaje. La nueva expedición parte de Cádiz el día 25 de septiembre de 1493. La flota está compuesta de 17 embarcaciones y 1500 hombres. La primera islita que descubren en este viaje pertenece a las Antillas Menores y le ponen el nombre de Dominica. Pasan a otras pequeñas islas del mismo grupo y finalmente a una isla mayor que los naturales llaman Boriquén o Borinquen; la descubren el 19 de noviembre de 1493. Esta isla es la nuestra, es Puerto Rico, a la que Colón pone por nombre San Juan Bautista. De San Juan Bautista parten los exploradores rumbo a La Española, de allí a Cuba y más tarde, desviándose hacia el sur, descubren la isla de Jamaica. Esta vez parte de Sanlúcar de Barrameda y va a tocar las costas de la América del Sur. Cuando vuelve a La Española encuentra discrepancias entre los hombres que han quedado al mando de don Diego de Arana. Se han producido muchas quejas y hasta un motín que decide al rey a mandar a Francisco de Bobadilla para que realice una investigación; Bobadilla no es un juez imparcial y envía a Colón para España en calidad de prisionero. A continuación documento historico sobre el descubrimiento de Puerto Rico, fuente: Cayetano Coll y Toste: Boletín Histórico de Puerto Rico. Esta escrito en el español de aquella época. (San Juan, Puerto Rico, Tip. Cantero, Fernández y Co., 1917). Tomo IV. Págs. 108-110. Documentos históricos Proyecto Salón Hogar uego aquel día partimos desta isla, que no estaríamos allí más de seis ó siete horas, fuimos para otra tierra que paresció á ojo que estaba en el camino que habíamos de hacer: llegamos noche cerca de ella. Otro día de mañana fuimos por la costa della: era muy gran tierra, aunque no era muy continua, que eran más de cuarenta y tantos islones, tierra muy alta, é la más de ella pelada, la cual no era ninguna ni es de las que antes ni después habemos visto. Parescía tierra dispuesta para haber en ella metales: á ésta no llegamos para saltar en tierra, salvo una carabela latina llegó á un islón de éstos, en el cual hallaron ciertas casas de pescadores. Las indias que traíamos dijeron que no eran pobladas. Andovimos por esta costa lo más de este día, hasta otro día en la tarde que llegamos á vista de otra isla llamada Burenquen, cuya costa corrimos todo un día; juzgábase que tendría por aquella banda treinta leguas. Esta isla es muy muy hermosa y muy fértil á parecer: á ésta vienen los de Caribe á conquistar, de la cual llevan mucha gente; éstos no tienen fustas ningunas ni saben andar por mar; pero, según dicen estos Caribes que tomamos, usan arcos como ellos, é si por caso cuando los vienen á saltear los pueden prender también se los comen como los de Caribe á ellos. En un puerto desta isla estovimos dos días, donde saltó mucha gente en tierra; pero jamás podimos haber lengua, que todos se huyeron como gente temorizada de los Caribes. Todas estas islas fueron descubiertas de este camino, que hasta aquí ninguna dellas había visto el Almirante el otro viaje, todas son muy hermosas é de muy buena tierra; pero ésta paresció mejor á todos...". Descubrimiento y organización colonial : Las naves de Cristóbal Colón, en su segundo viaje a América, entraron el 19 de noviembre de 1493 en Puerto Rico, desembarcando en algún punto entre Aguadilla y Mayaguez, aunque se da como un hecho que fue por Aguada por el sector Guaniquilla por donde está la playa de Aguada. Colón tomó posesión de la isla y la bautizó con el nombre de San Juan Bautista. En 1505, la colonización de la isla fue acometida por Juan Ponce de León. Ponce de León consiguió permiso para explorarla e inició dicha colonización en 1508, fondeando en un buen puerto natural al que denominó Puerto Rico. El nombre de San Juan, como fue bautizado por Colón, pasó a designar con el tiempo el lugar donde había desembarcado Ponce de León. Con el tiempo la denominación se aplicó a la totalidad de la isla. En 1509 se fundó la Villa de Caparra, en las proximidades de las hoy ciudades de Bayamón y Guaynabo, y la villa de Sotomayor, en el litoral occidental. En 1510, Cristóbal de Sotomayor, compañero de Ponce de León, fundó Tavara, aldea abandonada poco después a causa de los mosquitos, y un año después estableció el poblado que lleva su apellido, en el lugar donde hoy se asienta la población de Aguada. En 1512 se fundó en la desembocadura del río Grande de Añasco la población de San Germán, que, debido al ataque de los indios caribes, se trasladó en 1574 a las Lomas de Santa Marta. Los indios, al principio, no ofrecieron gran resistencia al proceso de conquista, ya que tomaron a los conquistadores por dioses que cumplían su promesa de regresar. Un cacique indio llamado Urayoán creó las condiciones de una rebelión y comenzó a desvanecer la superstición de su pueblo: la leyenda cuenta como Diego de Salcedo, sumergido en el agua por los indígenas, se ahogó. Fue llevado a la aldea y observado por los taínos para ver si volvía a la vida... la ley de los dioses quedó rota al comprobar cómo el conquistador no resucitaba. La inmediata rebelión indígena, que fue aplastada tras cuatro años de lucha, finalizó con la derrota de las huestes de Agueybana, el último cacique isleño. La resistencia continuaría en el interior montañoso, aunque, debido a la represión de la rebelión, se aceleró el despoblamiento indígena de Borinquén, ya que muchos taínos se refugiaron en las islas situadas al Este de la principal. En 1511, Ponce de León se vio obligado a entregar sus poderes, al ser entronizado Diego Colón en el gobierno de las Antillas. A partir de esta fecha, la isla estuvo regida por tenientes gobernadores enviados desde La Española. En cada una de las incipientes villas la vida municipal era regida por un cabildo, del que dependían diversas aldeas y caseríos. En 1514 se repartieron 14,600 indios entre los conquistadores, que los dedicaron principalmente a la minería. La economía se estructuró sobre la base de la producción aurífera y del cultivo agrícola (yuca, caña de azúcar). En 1519 se hacía el primer repartimiento de indios. La población indígena mermó considerablemente debido a las nuevas enfermedades (sarampión, viruela, gripe) traídas por los europeos, a las guerras, al duro trabajo (sobre todo minero), a la emigración y al mestizaje. La mortandad de los indígenas trajo consigo la importación de esclavos negros procedentes del golfo de Guinea, en África, que comenzaron a llegar a partir de 1518. La acción de los huracanes se hizo sentir violentamente en diversos años: 1526, 1530 y 1537. Con el comienzo de la colonización del Perú, en 1529, dio inicio un rápido proceso de despoblamiento de la isla, y así, en 1534 llegaron emisarios de Pizarro para comprar caballos y muchos de los colonos se marcharon con ellos a Perú. En la cuarta década del siglo XVI los yacimientos de oro ya estaban prácticamente agotados, y en 1570 se declaró oficialmente el agotamiento de las minas de oro en Puerto Rico. A la explotación del oro siguió la de la caña de azúcar y el cultivo del jengibre, y en 1636 se daría inicio al cultivo del cacao. En la década de 1520 hubo un primer intento de desarrollar en Puerto Rico la industria azucarera, y Tomás de Castellón intentó desarrollar un ingenio de azúcar en el antiguo partido de San Germán, en el área actual de Añasco. En 1582 había 11 ingenios que producían 15.000 arrobas anuales. El cultivo del jengibre, raíz altamente cotizada en Europa tanto para el condimento de las comidas como para la infusión, comenzó en 1582, y en 1593 fueron embarcados 2.089 quintales de jengibre desde Puerto Rico hacia Sevilla. Este producto acabaría siendo desplazado en el siglo XVIII por el café. Debido a que el interés metropolitano se había desplazado hacia los grandes virreinatos continentales, no existía en las Antillas una organización comercial que permitiese el fácil acarreo de productos hacia mercado europeo. Ya en 1536 habían sido traspasados los derechos de la familia de Colón a la Corona. Se intentó regir la isla a través de los respectivos alcaldes ordinarios de la capital y San Germán, aunque la iniciativa duró poco. En 1544, la monarquía decidió gobernar la isla por medio de jueces letrados que al principio fueron nombrados por la Audiencia de Santo Domingo y más tarde por la metrópoli; En 1582 se produjo la creación como institución de la Capitanía General de Puerto Rico. En 1586 España estableció, para la isla, una ayuda económica llamada el situado mexicano. Sinopsis El 25 de septiembre de 1493 se iniciaba el segundo viaje de Colón. Las prisas por organizar esta segunda travesía hay que atribuirlas a los deseos del Almirante de demostrar que había llegado a Asia y al temor de los Reyes Católicos a que sus rivales portugueses intentasen algún tipo de exploración por los nuevos territorios, ya que según el Tratado de Alcaçovas les pertenecería cualquier descubrimiento realizado al sur de las Islas Canarias. Esta nueva expedición no era ya sólo un viaje de descubrimiento, sino de conquista: con los marineros iban colonos ansiosos por encontrar las riquezas que había descrito Colón, religiosos para convertir a los nativos, llevar animales domésticos y plantas para poner aquellas tierras en producción. En cuanto a los descubrimientos de este segundo viaje merece destacar la llegada a Puerto Rico y Jamaica, y el descubrimiento de que los voluntarios que se quedaron en el primer viaje estaban todos muertos como resultados de luchas internas y de las venganzas de los nativos a los cuales los españoles habían robado y maltratado. Este segundo viaje provocó muchas tensiones entre los españoles que no encontraron las riquezas fáciles que buscaban (oro y especias) y las primeras revueltas de los nativos contra los invasores. Además Colón fue incapaz, por supuesto, de encontrar el más mínimo rastro de las ricas y poderosas civilizaciones asiáticas. Algunos españoles muy descontentos escaparon hacia la península de manera que cuando Colón regresó a España tuvo que enfrentarse a los relatos contrarios a su persona que estos habían difundido. Respecto a Puerto Rico Habiendo las naves de Cristóbal Colón, en su segundo viaje a América, descubierto a Puerto Rico un 19 de noviembre de 1493 este tomó posesión de la isla para Castilla y la bautizó con el nombre de San Juan Bautista. Tras una tentativa infructuosa de Vicente Yáñez Pinzón, en 1505, la colonización de la isla fue acometida por un antiguo compañero de Colón, Juan Ponce de León, que se hallaba bajo el patrocinio del gobernador de las Indias, Nicolás de Ovando. Ponce de León consiguió permiso para explorarla e inició dicha colonización en 1508, fondeando en un buen puerto natural al que denominó Puerto Rico. El nombre de San Juan, como fue bautizado por Colón, pasó a designar con el tiempo el lugar donde había desembarcado Ponce de León. Con el tiempo la denominación se aplicó a la totalidad de la isla. En 1509 se fundó la villa de Caparra, en las proximidades de las hoy ciudades de Bayamón y Guaynabo, y la villa de Sotomayor, en el litoral occidental. En 1510, Cristóbal de Sotomayor, compañero de Ponce de León, fundó Tavara, aldea abandonada poco después a causa de los mosquitos, y un año después estableció el poblado que lleva su apellido, en el lugar donde hoy se asienta la población de Aguada. En 1512 se fundó en la desembocadura del río Grande de Añasco la población de San Germán, que, debido al ataque de los indios caribes, se trasladó en 1574 a las Lomas de Santa Marta. Como los indios, al principio, no ofrecieron gran resistencia en el proceso de conquista, ya que tomaron a los conquistadores por dioses <>. Un cacique indio llamado Urayoán creó las condiciones de una rebelión y comenzó a desvanecer la superstición de su pueblo: la leyenda cuenta como Diego de Salcedo, sumergido en el agua por los indígenas, se ahogó. Fue llevado a la aldea y observado por los taínos para ver si volvía a la vida... la ley de los dioses quedó rota al comprobar cómo el conquistador no resucitaba. La inmediata rebelión indígena, que fue aplastada tras cuatro años de lucha, finalizó con la derrota de las huestes de Agueybana, el último cacique isleño. La resistencia continuaría en el interior montañoso, aunque, debido a la represión de la rebelión, se aceleró el despoblamiento indígena de Borinquén, ya que muchos taínos se refugiaron en las islas situadas al este de la principal. SABÍAS QUE… Cristóbal Colón realizó cuatro viajes, en total, hacia el Nuevo Mundo. Su primer viaje, iniciado el 03 de agosto de 1492, culminó con el descubrimiento de una pequeña isla, territorio correspondiente a lo que más tarde se denominaría América, el 12 de octubre de 1492. La Isla donde desembarcó Cristóbal Colón, a la que los indígenas llamaban Guanahaní y Colón, San Salvador, pertenece al grupo de las Bahamas y actualmente está registrada como isla de Watling. Durante los casi tres meses que Cristóbal Colón permaneció en las tierras recién descubiertas se dedicó a explorar la región. De las primeras exploraciones realizadas por Colón, éste descubrió la: Isla de Cuba a la que llamó Juana en honor a Juan, el hijo de los Reyes Católicos. Isla de Haití, a la que bautizaron con el nombre de La Española. Martín Alonso Pinzón, al mando de La Pinta, había continuado con las exploraciones, separándose del resto de la flota y posteriormente tomó rumbo a España. La nave capitana, La Santa María, encalló en las cercanías del cabo haitiano, más Colón logró rescatar la madera de la carabela con la que construyó en Haití, el Fuerte de Navidad, primer asiento colonial en el Nuevo Mundo. Antes de partir nuevamente a España, Colón dejó al mando del Fuerte de Navidad, a Diego de Arana con una guarnición de 40 hombres para su defensa. Colón, al frente de La Niña y teniendo por segundo a Vicente Yáñez Pinzón, se hizo a la mar con dirección a España el 2 de enero de 1493. A los tres días de navegación La Niña y La Pinta se encontraron y continuaron juntas el regreso, sin embargo, un mes después, una tempestad las separaría de nuevo. Hacia el medio día del 15 de marzo de 1493, Colón anclaba su nave en el puerto de Palos, seguido unas horas después por La Pinta. A mediados del mes de abril, Cristóbal Colón fue recibido con gran pompa por los los Reyes Católicos, informándoles del éxito de la expedición. Como prueba del triunfo expedicionario obtenido, Colón mostró a los Reyes Católicos a los indígenas que había traído consigo, así como los productos de las tierras descubiertas. En dicha entrevista Colón solicitó nuevamente a los Reyes Católicos su apoyo para organizar una segunda expedición. Con el fin de proteger sus descubrimientos en la costa africana, los portugueses consiguieron la expedición de bulas por parte del papa- en 1455-, que le otorgaba a Portugal, todas las tierras situadas al sur y el oriente de las islas Canarias. Para evitar un posible conflicto con Portugal, los Reyes Católicos, solicitaron, a su vez, la intervención del papa Alejandro VI, para que concediera a la corona española, mediante bula, los derechos exclusivos de exploración, conquista, colonización y comercio de las tierras descubiertas y por descubrir. España y Portugal llegaron a un acuerdo, con la anuencia del papa Alejandro VI, firmándose el Tratado de Tordesillas en 1494, en el cual se hacía una delimitación para las exploraciones y conquistas de las naciones citadas Aún sin concluirse las negociaciones entre España y Portugal, en la primera ya se organizaba el segundo viaje de Colón. El 25 de septiembre de 1493 zarpó rumbo al Nuevo Mundo, una flota de 17 navíos, encabezada por la Marigalante, la nave capitana, en la cual viajaría Cristóbal Colón. Cristóbal Colón, el Almirante del Mar Océano, Virrey y Gobernador de las Islas que había descubierto, en este segundo viaje iba acompañado de: Su hermano Diego Colón. Juan de la Cosa, navegante, geógrafo y cartógrafo. Alonso de Ojeda y Juan Ponce de León, exploradores, descubridores y conquistadores. Fray Bernardo Boil, quien iba a cargo de algunos religiosos franciscanos y Numerosos artesanos, labradores, mecánicos y mineros. Entre 1493 y 1496 se llevó a cabo esta nueva expedición, dando por resultado el descubrimiento de las Antillas Menores, dándoles nombre, según las iba descubriendo: Deseada, Dominica, Marigalante, Guadalupe, Monserrat, Santa María la Redonda, Santa María la Antigua, San Bartolomé, Santa Cruz, Islas Vírgenes. El 08 de noviembre de 1493, Colón llegó a la isla de mayor extensión de las Antillas Menores, a la cual los nativos llamaban Borinquen; Colón la bautizó con el nombre de San Juan Bautista y actualmente se denomina Puerto Rico. De San Juan Bautista se dirigió hacia La Española, con el propósito de inspeccionar el estado en que se encontraba el Fuerte de Navidad, la pequeña colonia que había instalado antes de partir a España. Colón se encontró con que el Fuerte de Navidad había sido atacado y la guarnición dejada para su defensa con expectativas de colonización, había sido exterminada. El 07 de diciembre de 1493, y según otros autores , el 27 de noviembre del mismo año, Colón llegó al territorio de la actual República Dominicana, donde fundó la primera ciudad del Nuevo Mundo a la que llamó La Isabela, en honor a la reina de Castilla. Hasta ese momento, Colón sólo había descubierto islas y estaba decidido a continuar la búsqueda de tierra firme. Para continuar con las exploraciones el navegante genovés, organizó en La Española, una Junta de Gobierno presidida por su hermano Diego, de la que también formó parte fray Bernardo Boil. De nuevo zarpó Colón, explorando las costas de La Española, hoy Haití y de La Juana, ahora Cuba, para tomar rumbo al sudoeste, descubriendo Jamaica. A su regreso a La Isabela, Colón encontró un franco descontento entre los colonizadores por lo que para controlar la insurrección nombró a su recién llegado hermano Bartolomé, adelantado. Los primeros colonos, ansiosos de enriquecerse rápidamente, se habían dedicado a explotar a los nativos, motivo por el cual estalló una insurrección indígena que fue cruelmente reprimida por medio de las armas. No faltaron españoles que descontentos con la situación en las tierras recién descubiertas, huyeron hacia España, dando a conocer los conflictos que se estaban suscitando en el Nuevo Mundo. Los Reyes Católicos no aprobaron las medidas asumidas para controlar a los insurrectos indígenas y a los sublevados españoles. Los españoles que habían retornado a España acusaron a Colón de una pésima administración y los monarcas españoles nombraron a Juan de Aguado, Visitador, cuya función sería la de investigar la inconformidad y desorden existentes en la colonia. Poco después de la llegada del Visitador, Colón determinó regresar a España con el fin de defenderse de las acusaciones de que era objeto. El 10 de marzo de 1496 partió Colón de La Isabela, rumbo a la metrópoli, desembarcando en Cádiz el 11 de junio del mismo año. Y RECUERDA QUE… La cultura de mayor relevancia en Mesoamérica durante los viajes de exploración y descubrimientos de Cristóbal Colón fue la mexica. Ahuízotl, tlatoani de los mexica, gobernó entre 1487 y 1502 y Colón realizó sus primero, segundo y tercer viajes entre 1492 y 1500. Moctezuma Xocoyotzin asumió el gobierno mexica en 1503 hasta 1520, año en que muere a manos de los conquistadores españoles, en tanto que Cristóbal Colón realizó su cuarto y último viaje, entre 1502 y 1504. Una réplica de la Marigalante, la nave capitana durante el segundo viaje de Colón, estuvo anclada en el puerto de Veracruz en 1992, como parte de los eventos que conmemoraban los 500 años del descubrimiento de América. REFLEXIONA Y CONTESTA BREVEMENTE: Causas que originaron los viajes de Cristóbal Colón. Intervención del papa Alejandro VI con relación a los viajes de exploración realizados y por realizar por España y Portugal- Importante consecuencia de dichos viajes. Territorios descubiertos por Colón en su segundo viaje. Importante cultura mesoamericana existente cuando Colón realizó sus viajes de exploración y descubrimientos. Tlatoanis contemporáneos a los viajes de Colón. OBTÉN CONCLUSIONES. Siguiente>>>>> © Proyecto Salón Hogar Nota: Esta versión electrónica se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan. www.salonhogar.net

Los taínos

Aportación indígena a la cultura puertorriqueña En la cultura puertorriqueña actual existen muchos objetos de la vida cotidiana que proceden de herencia indígena. Estos objetos fueron adoptados tanto por españoles como por los negros y han sobrevivido el paso del tiempo, a pesar de la desaparición del taíno como pueblo. La sociedad taína comenzó a desintegrarse tan pronto llegaron los españoles al Nuevo Mundo. Las enfermedades, el trato cruel que sufrieron en las minas de oro, las bajas producidas en las confrontaciones con españoles y la emigración a islas vecinas contribuyeron con la disminución de la población. El mestizaje fue otro factor significativo que aportó a que la población taína mermara. Sin embargo, su herencia sobrevive en la sangre y en muchos elementos culturales. Durante el primer siglo de conquista y colonización, el español utilizó y adoptó una serie de conocimientos, hábitos y técnicas propios del indígena antillano. Desde el primer viaje, Colón admiró las destrezas y conocimientos de navegación del indígena, tomando siete de ellos como guías. El propio Colón escribió en su Diario que los indígenas antillanos eran de muy sutil ingenio. Los nautas antillanos fueron decisivos en los primeros años de descubrimiento y exploración. La primera palabra americana incorporada al castellano fue canoa, que era una embarcación indígena de remos, muy estrecha. La canoa se convirtió también en medio de transporte utilizado por los conquistadores. Este tipo de embarcación se continuó utilizando casi hasta la actualidad, con diversos propósitos, en los ríos y las lagunas. El colonizador español también aprendió las técnicas de pesca del taíno. Algunas de éstas perduran hasta el presente como el sistema de corrales en la desembocadura de los ríos, el envenenamiento de ríos o lagunas con una planta llamada "baiguá", el zambullirse para sacar caracoles como el lambí (llamado también carrucho) o el burgao, el uso de redes o tarrayas y el uso de nasas colocadas como trampas en el mar. Las técnicas agrícolas del taíno fueron utilizadas y adoptadas rápidamente por los colonos españoles y han pasado, a través de los años, hasta los campesinos de hoy día; el sistema de roza o el talar los árboles y malezas para luego quemarlos y así despejar el terreno, fue traído por los indígenas antillanos de Suramérica. El conuco era una porción de tierra ubicada cerca de las viviendas que el taíno utilizaba para el cultivo. Esta práctica perdura aún. Otra técnica utilizada hasta finales del siglo XVI fue la del cultivo por montones, es decir, la siembra sobre montículos de tierra propia para el cultivo. Este sistema fue tan común que los españoles lo establecieron como medida de superficie terrestre. De los instrumentos agrícolas taínos solo subsiste la coa, unos palos tostados que se utilizan por azadas con los cuales abrían la tierra para sembrar sus granos, plantas o tubérculos. De los productos agrícolas, el casabe fue el de mayor aportación del taíno a la dieta del colonizador. El casabe se elabora de la harina de yuca, raíz comestible frecuente en diversas áreas de América, y fue una parte esencial de la alimentación de los primeros conquistadores. Por ser un producto no perecedero, era el alimento básico en los barcos que partían de las Antillas. El europeo también consumió otros productos autóctonos que aún son parte integral de la dieta del puertorriqueño, como la batata, la yautía, el maní, el mapuey, el algodón, el lerén, el ají, el achiote y el maíz. Otra planta que se difundió ampliamente por Europa fue el tabaco. Debido a la gran demanda que hubo por esta hoja, fue uno de los principales productos agrícolas puertorriqueños hasta hace unas décadas. Algunos de los objetos cotidianos de los taínos fueron incorporados por los españoles en su diario vivir, como la hamaca, red que colgada por los extremos sirve de cama. Los navegantes españoles reconocieron la utilidad de ésta y la comenzaron a utilizar en sus embarcaciones. Hoy día, la hamaca es un objeto muy popular en la cultura puertorriqueña. Los colonizadores también adoptaron los métodos de fabricación de cerámica, utensilios de madera y cestería. Por ejemplo, de los frutos del higüero, árbol de fruto grande y duro pueden crearse ditas y vasijas destinadas a usos variados. De las higüeras también se fabrican maracas, instrumento musical que consiste en un mango y un cuerpo esférico hueco con pequeñas piedras o semillas en su interior. Originalmente, los indígenas utilizaban las maracas en sus danzas rituales. En la actualidad, se considera un instrumento típico de la música popular del País. La vivienda de los taínos conocidas como bohío, eran casas en forma circular o cuadrada, con hojas de palma para el techo y las paredes. Debido a que era práctica para el clima antillano, los españoles adoptaron también el diseño de esta vivienda. La técnica de construcción de los bohíos, con pequeñas alteraciones, fue la norma hasta principios del siglo XX. Las manifestaciones artísticas del indígena antillano apenas han trascendido a la cultura puertorriqueña. De la importancia que tenía para el taíno el areito, ceremonia donde mezclaban el canto y el baile para celebrar un evento y trasmitir oralmente sus tradiciones, así como del uso de instrumentos musicales diversos, sólo persisten las descripciones que nos ofrecen los cronistas. Sin embargo, el llamado estilo taíno, representado en vasijas, duhos o asientos ceremoniales, en cemíes o deidades talladas, en collares o aros de piedra y en petroglifos, ha sido motivo de inspiración para una gran cantidad de artistas y artesanos. En la literatura puertorriqueña ha habido algunos personajes elaborados con el perfil taíno, tales como Loarina, Guarionex, Bayoán, Marién, Guanina, Agüeybana el Bravo, Anaiboa, los cuales, junto a la poesía indigenista del siglo XIX, han sido manifestación del tema nacional americano y antillano. La influencia de lo indígena en la medicina popular y en las tradiciones puertorriqueñas se diluyó por el predominio de lo español y africano antes de cerrarse el siglo XVI. En cuanto a la genética, las características raciales indígenas casi han desaparecido por completo, confundiéndose comúnmente con rasgos de apariencia física que evocan al indígena. En el idioma español encontramos el máximo legado indígena. El castellano se enriqueció con el aporte de voces antillanas de origen arahuaco y caribe. En el español se han transplantado una gran cantidad de palabras indígenas referentes a la toponimia y antroponimia, la fauna y la flora, la vida material y espiritual, la convivencia social. A nivel de las Antillas hispánicas, el léxico indígena sobrevive con más de quinientas voces. En Puerto Rico, en particular, habría que sumar cerca de doscientos nombres de ríos, montañas, sierras, bahías, pueblos y caciques. Adaptado por Grupo Editorial EPR Fuente original: Sebastián Robiou, Aportación indígena a la cultura puertorriqueña, 1992. Premio concurso de artículos V Centenario. Autor: Grupo Editorial EPRL 12 de septiembre de 2014.

martes, 6 de octubre de 2015

Un señor muy viejo con unas alas enormes Gabriel García Márquez

Al tercer día de lluvia habían matado tantos cangrejos dentro de la casa, que Pelayo tuvo que atravesar su patio anegado para tirarlos al mar, pues el niño recién nacido había pasado la noche con calenturas y se pensaba que era causa de la pestilencia. El mundo estaba triste desde el martes. El cielo y el mar eran una misma cosa de ceniza, y las arenas de la playa, que en marzo fulguraban como polvo de lumbre, se habían convertido en un caldo de lodo y mariscos podridos. La luz era tan mansa al mediodía, que cuando Pelayo regresaba a la casa después de haber tirado los cangrejos, le costó trabajo ver qué era lo que se movía y se quejaba en el fondo del patio. Tuvo que acercarse mucho para descubrir que era un hombre viejo, que estaba tumbado boca abajo en el lodazal, y a pesar de sus grandes esfuerzos no podía levantarse, porque se lo impedían sus enormes alas. Asustado por aquella pesadilla, Pelayo corrió en busca de Elisenda, su mujer, que estaba poniéndole compresas al niño enfermo, y la llevó hasta el fondo del patio. Ambos observaron el cuerpo caído con un callado estupor. Estaba vestido como un trapero. Le quedaban apenas unas hilachas descoloridas en el cráneo pelado y muy pocos dientes en la boca, y su lastimosa condición de bisabuelo ensopado lo había desprovisto de toda grandeza. Sus alas de gallinazo grande, sucias y medio desplumadas, estaban encalladas para siempre en el lodazal. Tanto lo observaron, y con tanta atención, que Pelayo y Elisenda se sobrepusieron muy pronto del asombro y acabaron por encontrarlo familiar. Entonces se atrevieron a hablarle, y él les contestó en un dialecto incomprensible pero con una buena voz de navegante. Fue así como pasaron por alto el inconveniente de las alas, y concluyeron con muy buen juicio que era un náufrago solitario de alguna nave extranjera abatida por el temporal. Sin embargo, llamaron para que lo viera a una vecina que sabía todas las cosas de la vida y la muerte, y a ella le bastó con una mirada para sacarlos del error. — Es un ángel –les dijo—. Seguro que venía por el niño, pero el pobre está tan viejo que lo ha tumbado la lluvia. Al día siguiente todo el mundo sabía que en casa de Pelayo tenían cautivo un ángel de carne y hueso. Contra el criterio de la vecina sabia, para quien los ángeles de estos tiempos eran sobrevivientes fugitivos de una conspiración celestial, no habían tenido corazón para matarlo a palos. Pelayo estuvo vigilándolo toda la tarde desde la cocina, armado con un garrote de alguacil, y antes de acostarse lo sacó a rastras del lodazal y lo encerró con las gallinas en el gallinero alumbrado. A media noche, cuando terminó la lluvia, Pelayo y Elisenda seguían matando cangrejos. Poco después el niño despertó sin fiebre y con deseos de comer. Entonces se sintieron magnánimos y decidieron poner al ángel en una balsa con agua dulce y provisiones para tres días, y abandonarlo a su suerte en altamar. Pero cuando salieron al patio con las primeras luces, encontraron a todo el vecindario frente al gallinero, retozando con el ángel sin la menor devoción y echándole cosas de comer por los huecos de las alambradas, como si no fuera una criatura sobrenatural sino un animal de circo. El padre Gonzaga llegó antes de las siete alarmado por la desproporción de la noticia. A esa hora ya habían acudido curiosos menos frívolos que los del amanecer, y habían hecho toda clase de conjeturas sobre el porvenir del cautivo. Los más simples pensaban que sería nombrado alcalde del mundo. Otros, de espíritu más áspero, suponían que sería ascendido a general de cinco estrellas para que ganara todas las guerras. Algunos visionarios esperaban que fuera conservado como semental para implantar en la tierra una estirpe de hombres alados y sabios que se hicieran cargo del Universo. Pero el padre Gonzaga, antes de ser cura, había sido leñador macizo. Asomado a las alambradas repasó un instante su catecismo, y todavía pidió que le abrieran la puerta para examinar de cerca de aquel varón de lástima que más parecía una enorme gallina decrépita entre las gallinas absortas. Estaba echado en un rincón, secándose al sol las alas extendidas, entre las cáscaras de fruta y las sobras de desayunos que le habían tirado los madrugadores. Ajeno a las impertinencias del mundo, apenas si levantó sus ojos de anticuario y murmuró algo en su dialecto cuando el padre Gonzaga entró en el gallinero y le dio los buenos días en latín. El párroco tuvo la primera sospecha de impostura al comprobar que no entendía la lengua de Dios ni sabía saludar a sus ministros. Luego observó que visto de cerca resultaba demasiado humano: tenía un insoportable olor de intemperie, el revés de las alas sembrado de algas parasitarias y las plumas mayores maltratadas por vientos terrestres, y nada de su naturaleza miserable estaba de acuerdo con la egregia dignidad de los ángeles. Entonces abandonó el gallinero, y con un breve sermón previno a los curiosos contra los riesgos de la ingenuidad. Les recordó que el demonio tenía la mala costumbre de recurrir a artificios de carnaval para confundir a los incautos. Argumentó que si las alas no eran el elemento esencial para determinar las diferencias entre un gavilán y un aeroplano, mucho menos podían serlo para reconocer a los ángeles. Sin embargo, prometió escribir una carta a su obispo, para que éste escribiera otra al Sumo Pontífice, de modo que el veredicto final viniera de los tribunales más altos. Su prudencia cayó en corazones estériles. La noticia del ángel cautivo se divulgó con tanta rapidez, que al cabo de pocas horas había en el patio un alboroto de mercado, y tuvieron que llevar la tropa con bayonetas para espantar el tumulto que ya estaba a punto de tumbar la casa. Elisenda, con el espinazo torcido de tanto barrer basura de feria, tuvo entonces la buena idea de tapiar el patio y cobrar cinco centavos por la entrada para ver al ángel. Vinieron curiosos hasta de la Martinica. Vino una feria ambulante con un acróbata volador, que pasó zumbando varias veces por encima de la muchedumbre, pero nadie le hizo caso porque sus alas no eran de ángel sino de murciélago sideral. Vinieron en busca de salud los enfermos más desdichados del Caribe: una pobre mujer que desde niña estaba contando los latidos de su corazón y ya no le alcanzaban los números, un jamaicano que no podía dormir porque lo atormentaba el ruido de las estrellas, un sonámbulo que se levantaba de noche a deshacer dormido las cosas que había hecho despierto, y muchos otros de menor gravedad. En medio de aquel desorden de naufragio que hacía temblar la tierra, Pelayo y Elisenda estaban felices de cansancio, porque en menos de una semana atiborraron de plata los dormitorios, y todavía la fila de peregrinos que esperaban su turno para entrar llegaba hasta el otro lado del horizonte. El ángel era el único que no participaba de su propio acontecimiento. El tiempo se le iba buscando acomodo en su nido prestado, aturdido por el calor de infierno de las lámparas de aceite y las velas de sacrificio que le arrimaban a las alambradas. Al principio trataron de que comiera cristales de alcanfor, que, de acuerdo con la sabiduría de la vecina sabia, era el alimento específico de los ángeles. Pero él los despreciaba, como despreció sin probarlos los almuerzos papales que le llevaban los penitentes, y nunca se supo si fue por ángel o por viejo que terminó comiendo nada más que papillas de berenjena. Su única virtud sobrenatural parecía ser la paciencia. Sobre todo en los primeros tiempos, cuando le picoteaban las gallinas en busca de los parásitos estelares que proliferaban en sus alas, y los baldados le arrancaban plumas para tocarse con ellas sus defectos, y hasta los más piadosos le tiraban piedras tratando de que se levantara para verlo de cuerpo entero. La única vez que consiguieron alterarlo fue cuando le abrasaron el costado con un hierro de marcar novillos, porque llevaba tantas horas de estar inmóvil que lo creyeron muerto. Despertó sobresaltado, despotricando en lengua hermética y con los ojos en lágrimas, y dio un par de aletazos que provocaron un remolino de estiércol de gallinero y polvo lunar, y un ventarrón de pánico que no parecía de este mundo. Aunque muchos creyeron que su reacción no había sido de rabia sino de dolor, desde entonces se cuidaron de no molestarlo, porque la mayoría entendió que su pasividad no era la de un héroe en uso de buen retiro sino la de un cataclismo en reposo. El padre Gonzaga se enfrentó a la frivolidad de la muchedumbre con fórmulas de inspiración doméstica, mientras le llegaba un juicio terminante sobre la naturaleza del cautivo. Pero el correo de Roma había perdido la noción de la urgencia. El tiempo se les iba en averiguar si el convicto tenía ombligo, si su dialecto tenía algo que ver con el arameo, si podía caber muchas veces en la punta de un alfiler, o si no sería simplemente un noruego con alas. Aquellas cartas de parsimonia habrían ido y venido hasta el fin de los siglos, si un acontecimiento providencial no hubiera puesto término a las tribulaciones del párroco. Sucedió que por esos días, entre muchas otras atracciones de las ferias errantes del Caribe, llevaron al pueblo el espectáculo triste de la mujer que se había convertido en araña por desobedecer a sus padres. La entrada para verla no sólo costaba menos que la entrada para ver al ángel, sino que permitían hacerle toda clase de preguntas sobre su absurda condición, y examinarla al derecho y al revés, de modo que nadie pusiera en duda la verdad del horror. Era una tarántula espantosa del tamaño de un carnero y con la cabeza de una doncella triste. Pero lo más desgarrador no era su figura de disparate, sino la sincera aflicción con que contaba los pormenores de su desgracia: siendo casi una niña se había escapado de la casa de sus padres para ir a un baile, y cuando regresaba por el bosque después de haber bailado toda la noche sin permiso, un trueno pavoroso abrió el cielo en dos mitades, y por aquella grieta salió el relámpago de azufre que la convirtió en araña. Su único alimento eran las bolitas de carne molida que las almas caritativas quisieran echarle en la boca. Semejante espectáculo, cargado de tanta verdad humana y de tan temible escarmiento, tenía que derrotar sin proponérselo al de un ángel despectivo que apenas si se dignaba mirar a los mortales. Además los escasos milagros que se le atribuían al ángel revelaban un cierto desorden mental, como el del ciego que no recobró la visión pero le salieron tres dientes nuevos, y el del paralítico que no pudo andar pero estuvo a punto de ganarse la lotería, y el del leproso a quien le nacieron girasoles en las heridas. Aquellos milagros de consolación que más bien parecían entretenimientos de burla, habían quebrantado ya la reputación del ángel cuando la mujer convertida en araña terminó de aniquilarla. Fue así como el padre Gonzaga se curó para siempre del insomnio, y el patio de Pelayo volvió a quedar tan solitario como en los tiempos en que llovió tres días y los cangrejos caminaban por los dormitorios. Los dueños de la casa no tuvieron nada que lamentar. Con el dinero recaudado construyeron una mansión de dos plantas, con balcones y jardines, y con sardineles muy altos para que no se metieran los cangrejos del invierno, y con barras de hierro en las ventanas para que no se metieran los ángeles. Pelayo estableció además un criadero de conejos muy cerca del pueblo y renunció para siempre a su mal empleo de alguacil, y Elisenda se compró unas zapatillas satinadas de tacones altos y muchos vestidos de seda tornasol, de los que usaban las señoras más codiciadas en los domingos de aquellos tiempos. El gallinero fue lo único que no mereció atención. Si alguna vez lo lavaron con creolina y quemaron las lágrimas de mirra en su interior, no fue por hacerle honor al ángel, sino por conjurar la pestilencia de muladar que ya andaba como un fantasma por todas partes y estaba volviendo vieja la casa nueva. Al principio, cuando el niño aprendió a caminar, se cuidaron de que no estuviera cerca del gallinero. Pero luego se fueron olvidando del temor y acostumbrándose a la peste, y antes de que el niño mudara los dientes se había metido a jugar dentro del gallinero, cuyas alambradas podridas se caían a pedazos. El ángel no fue menos displicente con él que con el resto de los mortales, pero soportaba las infamias más ingeniosas con una mansedumbre de perro sin ilusiones. Ambos contrajeron la varicela al mismo tiempo. El médico que atendió al niño no resistió la tentación de auscultar al ángel, y encontró tantos soplos en el corazón y tantos ruidos en los riñones, que no le pareció posible que estuviera vivo. Lo que más le asombró, sin embargo, fue la lógica de sus alas. Resultaban tan naturales en aquel organismo completamente humano, que no podía entender por qué no las tenían también los otros hombres. Cuando el niño fue a la escuela, hacía mucho tiempo que el sol y la lluvia habían desbaratado el gallinero. El ángel andaba arrastrándose por acá y por allá como un moribundo sin dueño. Lo sacaban a escobazos de un dormitorio y un momento después lo encontraban en la cocina. Parecía estar en tantos lugares al mismo tiempo, que llegaron a pensar que se desdoblaba, que se repetía a sí mismo por toda la casa, y la exasperada Elisenda gritaba fuera de quicio que era una desgracia vivir en aquel infierno lleno de ángeles. Apenas si podía comer, sus ojos de anticuario se le habían vuelto tan turbios que andaba tropezando con los horcones, y ya no le quedaban sino las cánulas peladas de las últimas plumas. Pelayo le echó encima una manta y le hizo la caridad de dejarlo dormir en el cobertizo, y sólo entonces advirtieron que pasaba la noche con calenturas delirantes en trabalenguas de noruego viejo. Fue esa una de las pocas veces en que se alarmaron, porque pensaban que se iba a morir, y ni siquiera la vecina sabia había podido decirles qué se hacía con los ángeles muertos. Sin embargo, no sólo sobrevivió a su peor invierno, sino que pareció mejor con los primeros soles. Se quedó inmóvil muchos días en el rincón más apartado del patio, donde nadie lo viera, y a principios de diciembre empezaron a nacerle en las alas unas plumas grandes y duras, plumas de pajarraco viejo, que más bien parecían un nuevo percance de la decrepitud. Pero él debía conocer la razón de estos cambios, porque se cuidaba muy bien de que nadie los notara, y de que nadie oyera las canciones de navegantes que a veces cantaba bajo las estrellas. Una mañana, Elisenda estaba cortando rebanadas de cebolla para el almuerzo, cuando un viento que parecía de alta mar se metió en la cocina. Entonces se asomó por la ventana, y sorprendió al ángel en las primeras tentativas del vuelo. Eran tan torpes, que abrió con las uñas un surco de arado en las hortalizas y estuvo a punto de desbaratar el cobertizo con aquellos aletazos indignos que resbalaban en la luz y no encontraban asidero en el aire. Pero logró ganar altura. Elisenda exhaló un suspiro de descanso, por ella y por él, cuando lo vio pasar por encima de las últimas casas, sustentándose de cualquier modo con un azaroso aleteo de buitre senil. Siguió viéndolo hasta cuando acabó de cortar la cebolla, y siguió viéndolo hasta cuando ya no era posible que lo pudiera ver, porque entonces ya no era un estorbo en su vida, sino un punto imaginario en el horizonte del mar.